Análisis sobre la convivencia en Canarias: polarización, desinformación y cultura cívica. Cómo la sociedad civil puede reconstruir comunidad y diálogo.
Una reflexión sobre la fragilidad de la convivencia en Canarias en tiempos de polarización y desinformación. Del discurso institucional a la vida cotidiana, este artículo defiende que la respuesta empieza en la sociedad civil: pensamiento crítico, empatía y comunidad.
V de vecindad
12/25/20255 min read


Cada Navidad trae consigo un ritual que, aunque parezca repetido, dice mucho del pulso de un país: el mensaje del Rey. No es solo una tradición. Es una especie de termómetro institucional que intenta medir el estado del ánimo colectivo y señalar, sin estridencias, aquello que se está agrietando.
El mensaje de Navidad de 2025 de Felipe VI ha sido particularmente claro en su preocupación: la convivencia es frágil y está amenazada por dinámicas que se están normalizando demasiado rápido. Se habló de radicalismos, de desinformación, de extremismos; de un clima en el que el desacuerdo se convierte en hostilidad, y el debate en un combate. No se trató tanto de enumerar problemas concretos como de advertir sobre el deterioro del suelo común que hace posible vivir juntos.
Y aquí es donde conviene detenerse: cuando el suelo común se quiebra, no se nota primero en el Parlamento; se nota antes en la calle, en la conversación cotidiana, en la forma en que las familias y los grupos se miran, en la manera en que nos hablamos. Por eso la cuestión de la convivencia no se resuelve únicamente con leyes o con instituciones. También se resuelve —o se destruye— en el tejido social.
Canarias no es ajena a este fenómeno. De hecho, lo vive con una intensidad propia. En los últimos años, hemos visto crecer debates legítimos pero emocionalmente inflamables: el modelo de desarrollo, la presión sobre el territorio, la vivienda, el turismo, la desigualdad, el futuro de nuestra juventud. Son discusiones imprescindibles, porque hablan de quiénes somos y de qué queremos ser. Pero también son discusiones en las que resulta fácil caer en la simplificación: “ellos contra nosotros”, “o estás conmigo o estás contra mí”, “o lo mío o nada”.
En una sociedad insular, esa polarización tiene un efecto adicional: no vivimos en una ciudad grande donde las burbujas pueden coexistir sin tocarse; aquí nos cruzamos siempre. Nos encontramos en el mismo supermercado, en el mismo centro de salud, en el mismo barrio, en la misma guagua, en el mismo grupo de WhatsApp. Y cuando la conversación pública se degrada, lo hace en espacios íntimos. La crispación no se queda arriba: desciende y se instala en la vida diaria.
Por eso el mensaje de Navidad de este año, más allá de la institución que lo emite, tiene una idea esencial que deberíamos traducir a nuestro contexto: la convivencia no es un estado, es una tarea. Y no es solo responsabilidad de los políticos; es una responsabilidad cívica. Una responsabilidad de quienes hablamos, compartimos, discutimos, educamos y construimos comunidad.
La pregunta entonces es: ¿cómo se defiende la convivencia desde abajo, desde lo cotidiano, desde la sociedad civil? ¿Qué se puede hacer cuando el ruido lo llena todo, cuando la desinformación se convierte en hábito y cuando la indignación es el lenguaje dominante?
Aquí entra un concepto que puede parecer intangible, pero que es vital: la cultura cívica. No es un eslogan. Es la capacidad de una sociedad para gestionar sus conflictos sin destruirse. Es la habilidad colectiva de convivir con diferencias, buscar consensos mínimos, debatir sin deshumanizar al otro, sostener la complejidad sin caer en el simplismo. Es, en definitiva, el músculo que permite que una democracia funcione más allá de las elecciones.
En Canarias empieza a ser visible algo muy interesante: el nacimiento o la consolidación de movimientos que, sin ser partidistas ni institucionales, buscan fortalecer ese músculo. Uno de ellos es el llamado Efecto Folelé, un movimiento que se define —en esencia— como un impulso comunitario que apuesta por el pensamiento crítico, la empatía y la reflexión como herramientas para mejorar nuestra convivencia.
Puede sonar “blando”. Pero en estos tiempos, lo blando es revolucionario. Porque el terreno donde se gana o se pierde una sociedad no siempre está en los grandes discursos: está en el modo en que se organiza la conversación pública. Y hoy esa conversación está enferma.
La desinformación no es solo un problema de noticias falsas; es un problema de ecosistemas emocionales. Una mentira funciona no porque sea creíble, sino porque sirve a una emoción: miedo, rabia, resentimiento, superioridad moral. Y cuando eso domina, la gente deja de preguntarse “¿es verdad?” y empieza a preguntarse “¿me sirve?”. Ese es el principio de la degradación: cuando el criterio deja de ser la realidad y pasa a ser la utilidad identitaria.
La polarización, por su parte, convierte las diferencias en identidades cerradas. Ya no discutimos sobre ideas; discutimos sobre quién es el enemigo. Y cuando el enemigo aparece, se justifica cualquier cosa: insultar, ridiculizar, excluir, cancelar, deshumanizar.
Efecto Folelé plantea algo que, en el fondo, es profundamente político en el mejor sentido de la palabra: reconstruir un nosotros. No un “nosotros” uniforme, sino un “nosotros” que admite matices, dudas, tensiones, diversidad y conflicto. Porque el conflicto es inevitable; lo que no es inevitable es la destrucción del vínculo.
Este punto es crucial: la convivencia no significa pensar igual. Significa ser capaces de vivir juntos pensando distinto. Significa aceptar que no hay una sola forma legítima de amar Canarias, ni una única interpretación de lo que nos conviene. Y significa, sobre todo, que el desacuerdo no debe ser excusa para despreciar al otro.
En ese sentido, el mensaje del Rey y la propuesta de movimientos cívicos como Efecto Folelé se conectan en una idea que debería convertirse en agenda de futuro: la defensa de la convivencia ya no puede depender únicamente de instituciones; necesita comunidad.
Porque las instituciones no pueden enseñar empatía. Las instituciones no pueden entrenar pensamiento crítico. Las instituciones no pueden reparar el daño emocional que produce el odio cotidiano. Eso solo puede hacerlo una sociedad organizada en redes de confianza: asociaciones, círculos culturales, proyectos educativos, espacios de conversación, iniciativas comunitarias, movimientos de base.
Por supuesto, hay riesgos. Uno de ellos es convertir cualquier iniciativa cívica en un arma partidista. Otro es caer en el activismo de consigna. Otro es elevar el tono moral hasta volverse excluyente: “los buenos y los malos”. Si de verdad se trata de reconstruir convivencia, la clave es precisamente lo contrario: hacer espacio a la complejidad y a los matices, incluso cuando nos incomoden.
Pero aun con esos riesgos, el camino parece claro: si la convivencia se está debilitando, la respuesta no puede ser solo institucional. Tiene que ser cultural, emocional y comunitaria.
Canarias tiene una oportunidad histórica: convertir la fragilidad en conciencia. No esperar a que las grietas se conviertan en fracturas. No dejar que la conversación pública sea secuestrada por el insulto, el bulo y el dogma. No resignarnos a que la vida social sea un campo minado.
Efecto Folelé —y otros movimientos que puedan surgir— no son la solución completa. Pero sí son una señal de algo importante: que existe una parte de la sociedad que entiende que el futuro no se construye solo con proyectos económicos, sino también con calidad humana; que la identidad no es un grito, sino una construcción; y que la democracia no se sostiene solo con urnas, sino con hábitos.
Tal vez ese sea el mejor puente entre un mensaje institucional y un movimiento social: uno señala el riesgo; el otro propone una respuesta. Uno llama a cuidar la convivencia; el otro intenta construirla en el lugar donde realmente nace: en la gente.
Porque al final, si la convivencia es frágil, no se defiende con discursos. Se defiende con prácticas. Con educación emocional. Con pensamiento crítico. Con escucha. Con respeto. Con comunidad.
Y eso —aunque no aparezca en titulares— es lo que hace que un país, y un archipiélago, sigan siendo un hogar.



